“Hija, tienes 42 años. Ya vas de bajada”. “El paro es un saco de dinero que se acaba”. “De eso en lo que quieres trabajar ya hay 1000 que también lo hacen”. Tres sentencias que cayeron sobre mí como tres bombas el día en que cumplí 42 años. De eso hace año y medio, exactamente. Mi pareja y yo acabábamos de mudarnos a un piso más grande, y había invitado a mis padres a merendar a nuestra nueva casa para celebrar mi cumpleaños. Esas tres frases fueron las que pronunció mi padre cuando les conté mi proyecto de emprender como redactora de contenidos. Menos mal que no le hice caso. Esta es mi historia.

Los trabajos alimenticios no alimentan el alma.

Llevaba cinco años trabajando como comercial de telefonía y adsl para una de las grandes operadoras del país. Había adoptado una actitud conformista, mi trabajo no me llenaba pero me servía para pagar facturas. Además llevaba demasiado tiempo desvinculada del periodismo como para plantearme volver.

Y así pasaban los días, las semanas, los meses… Me gustaba ayudar a la gente, sobre todo, a entender los servicios que estaba contratando. A pesar de la presión de la compañía para llegar a objetivos mi estilo de ventas nunca fue agresivo. Siempre traté de dar un trato humano a todos mis clientes, adaptándome a su nivel de conocimiento y sin tratar de sacar provecho de su ignorancia en determinadas cuestiones.

No. Definitivamente no era la número uno en ventas. No salía a la cabeza de los rankings de los comerciales más rentables del mes (increíble pero cierto, existía ese ranking). Ni me importaba. Tenía clientes fieles, que confiaban plenamente en mí y me traían otros clientes. Estaba bien considerada por mis superiores y mis compañeros. No era de las que deslumbraba a primera vista, pero poco a poco, con mi trabajo, terminaba por ganarme la confianza de todo el mundo.

En el último año las cosas empezaron a ponerse difíciles. La empresa comenzó a reducirnos horas de trabajo, con la consiguiente bajada de sueldo, y a asignarnos objetivos de ventas cada vez más inalcanzables. Los clientes se quejaban de que los servicios cada vez eran más caros y que estábamos a años luz de la calidad y el precio del acceso a Internet de otros países europeos. Y tenían razón. Yo empecé a encontrarme cada vez más a disgusto, se avecinaban más recortes. Veía peligrar mi futuro laboral.

Paralelamente me sentía frustrada profesionalmente. Aquello no era lo que yo realmente quería. Lo que siempre me ha gustado, desde que tengo uso de razón, es escribir. Entonces, ¿por qué había descartado esa posibilidad? Sí, hacía muchos años que no trabajaba como periodista, pero, ¿sólo por eso ya tenía que tirar la toalla? Se despertó en mí el gusanillo de volver a intentarlo. Aunque fuera para sacarme la espina, por placer. A cambio de nada. Y comencé a hacerlo.

Busqué varias plataformas donde podía publicar mis artículos como freelance. Casi siempre sin cobrar ni un céntimo por ello. O cobrando una auténtica miseria. Pero me daba igual. Quería romper mano otra vez, volver a sentir esas mariposas en el estómago que siento cuando escribo, como está pasando ahora mismo.

Tomé la decisión: ofrecería mis servicios como redactora web, sin dejar mi empleo en la compañía telefónica. Cuando consiguiera un par de clientes que al menos, igualaran mis ingresos actuales, dejaría dicho empleo para dedicarme por completo a mi profesión.

Una patada en el trasero puede hundirte o impulsarte. Elige siempre la segunda opción.

Un mes antes de mi cumpleaños, en mayo de 2015, mi pareja y yo terminábamos de ver un piso que se adaptaba a lo que andábamos buscando y podíamos pagar. El mismo día en que dimos el sí a la inmobiliaria, estando en el coche de regreso a casa, recibí una llamada telefónica. Era de mi empresa. Me comunicaban que no me renovaban el contrato, que expiraba a principios de junio. Alegaban que, a pesar de estar contentos con mi trabajo, las circunstancias les obligaban a hacer recortes. Y, si de recortar se trata, ya todos sabemos que el primer tijeretazo es el de personal.

Aquello lo cambiaba todo. El sueño de la mudanza, del emprendimiento… Todo se iba al garete… O no. Hicimos cálculos, seguía entrando un sueldo a casa, a mí me quedaba un año de paro, teníamos dinero ahorrado. Pues ¡adelante! En vez de lamentarme por mi mala suerte, y gracias al apoyo incondicional de la persona con quien comparto mi vida, utilicé esa patada en el trasero como impulso para iniciar mi proyecto. Proyecto que, dicho sea de paso, quizá nunca hubiera iniciado si tuviera el colchón de un puesto de trabajo estable, aunque insatisfactorio. Maldita zona de confort.

Entonces llegó la segunda patada, esta vez en el estómago. Y vino de una de las personas que más quiero en el mundo, mi padre. Fueron las tres cuchilladas en forma de frases que me clavó cuando le conté mis planes, el día de mi cumpleaños. Habló su miedo y su preocupación, sí. Lo sé. Está educado en otra época, una época en la que a la clase trabajadora lo único que se le pedía era sumisión y que no se cuestionara nada. Si además eras mujer el único sueño permitido era el de ser madre y esposa. Así que si eras mujer y ni querías ser madre, ni esposa, ni mucho menos, sumisa, lo tenías bastante negro. Fue un tiempo en que había que pagar un precio muy alto por defender la libertad. La libertad de ser.

Tengo que confesarte que me costó mucho más levantarme de esta segunda caída. Se removieron muchas cosas dentro de mí. Salieron mis monstruos en forma de miedo, incertidumbre, inseguridad. Y sí, en ese momento odié a mi padre. Pero una vez más aposté por mí, no tenía ni idea de cómo iba a comenzar, pero di el primer paso. Eché a andar. Comencé a formarme de la mano de los que hoy son mis referentes en el marketing online (de eso te hablaré en otro post), hice un curso presencial de WordPress… Me tiré el verano entero estudiando.

Deja de leer libros de autoayuda y pasa a la acción.

Y sucedió algo maravilloso: cuando empiezas a andar, cuando das el primer paso, la rueda empieza a girar. Y llegan las oportunidades, los maestros, las herramientas, los apoyos, el conocimiento… Tan sólo hay que aceptar todo lo que la vida te va trayendo y no parar de caminar. Y el sueño empieza a materializarse. Así fue como en noviembre yo misma me había creado mi propia web y llegó mi primera cliente. Una persona que confió en mí totalmente desde el minuto uno y que me dio la oportunidad de poner en práctica todo lo que estaba aprendiendo en un blog sobre seguros. Gracias, Ana. Eres lo más.

Me abrí perfil en las redes sociales, empecé a asistir a eventos de marketing… Y llegó el segundo cliente. Y gracias al boca a boca, el tercero, y el cuarto… Me di de alta como autónoma y empecé a facturar. Y mi proyecto se hizo realidad. A raíz de un curso conocí un espacio de coworking en mi ciudad, Valencia, donde acudo a trabajar algunos días a la semana. (También dedicaré un post a las ventajas de trabajar en un coworking, prometido). Allí conocí gente increíble y surgieron nuevas colaboraciones.

En este año y medio ha habido muchas subidas y bajadas, meses de mucho trabajo y meses de nada. Días en los que me sentía en una nube y días en los que me he planteado abandonar el sueño y volver a trabajar por cuenta ajena. No es un camino fácil. Hay que lidiar con factores externos y con factores internos. A veces tú eres tu peor enemigo. Pero con todo tengo que decir que vale la pena y que no hay ninguna fórmula mágica para alcanzar el éxito. Trabajar, no rendirse, aprender de los errores. Recalcular la ruta cuando te pierdes y seguir avanzando hacia tu destino.

Si me permites un consejo, deja de leer frases motivadoras y libros de autoayuda. Créeme. No sirven si no te mueves. Por experiencia te lo digo. Ponte a currar y aparecerán los maestros. Empieza a andar y se te concederá la posibilidad de aprender lo que necesitas saber. Pasa a la acción. Sólo así llegarán las oportunidades.

Hoy, cuando he decidido apostar por mí aún más fuerte y estreno web y blog, te doy la bienvenida a mi casa. Me encantaría ayudarte en tu proceso de emprendimiento. Deja tu comentario y cuéntame por qué decidiste emprender. ¿Qué es lo que a ti te disparó ese clic? Seguro que podemos ayudar a otras personas con tu testimonio.

Y, si necesitas que te ayude en tu estrategia de marketing online no lo dudes, escríbeme. No sabes la ilusión que me hace iniciar este camino contigo. ¿Tomamos un café y me cuentas tu proyecto?